lunes, 12 de mayo de 2014

Del volumen de relatos Afuera hay un mundo, Los ojos de Yoni.

Uno existe a través de otras personas y a través del espejo. Me iba de esta ciudad por varios motivos, primero porque alguna vez me dijeron: Tus relatos tienen como base digamos vivencias pusilánimes. Y estuve de acuerdo. Me iba llevando mi limitado talento, mi resignación ante las tragedias del mundo, mi tendencia a la frustración anticipada y sobre todo la infantil manía de culpar al entorno de mis problemas internos. Irse y volver a empezar siempre funciona y para recomenzar siempre es bueno un cambio de look.
Empaqué mis cosas y me dirigí hacia la central de autobuses, pero antes hice una parada en la peluquería.
Saludos Yoni, me dijo el peluquero, ¿vienes a recoger tu cartera? Yo me extrañé un poco, luego asentí sin palabras.
Ahora sí te creció el pelo. ¿Mismo corte? Me preguntó, yo me senté en el sillón giratorio, me dejé cortar el cabello.
Ya no traía dinero, la abrí por curiosidad, no traía nada, si traía pues se lo robaron mientras estuvo en el sillón, espetó.
No traía nada, le dije mientras sonaban las tijeras.
Listo Yoni, ¿te engomino el pelo? Preguntó, yo me dejé peinar. Mi cara se veía diferente, me sentí bien con el cambio. Le pagué, me despedí como si estuviera acostumbrado a ello. Abrí la cartera para saber dónde vivía, caminé hasta mi hogar.
Llegué, toqué la puerta; no tenía idea de quién podría abrir, una chica muy guapa con su pelo desordenado y sus ojos abiertos con dificultad me recibió del otro lado de la puerta.
Te esperaba hasta mañana en la tarde. ¿Pasó algo? Preguntó mientras yo cerraba la puerta y me llenaba los pulmones de ese ambiente cálido de pareja nueva que empieza a llenarse de rutina.
No ha pasado nada, sólo llegué antes; le dije mientras volvía a meterse en la cama del lado izquierdo, el lado derecho parecía el mío. No me sentía cansado, sólo deseaba compartir la cama con aquella chica que al parecer era mi chica.
Hoy entro hasta las diez de la noche, me dijo, y como no estabas, había decidido pasar todo el día en la cama. Yo ya estaba entre las sábanas, ella también. Sin que me tocara sentí la temperatura de su cuerpo, me acerqué un poco más, metí la mano de Yoni por debajo de su blusa, sentí la cálida piel de su abdomen, luego sus pequeños pechos entre mis manos. Hicimos el amor hasta quedarnos sin ganas. Quisiera ser capaz de describir en este relato la temperatura alcanzada en la habitación, la transformación del ambiente, la musicalidad de nuestros movimientos, los instantes de placer encerrados en ese terminar y volver a empezar. Por desgracia aunque soy otro, mi talento sigue siendo limitado y contra eso nada se puede hacer.
Hicimos el amor hasta media hora antes de que ella se tuviera que bañar para ir a su trabajo nocturno. Se bañó, se arregló en menos de quince minutos, vino a darme un beso de despedida con ese aroma a duraznos de su loción de ducha que seguramente gustaba al verdadero Yoni.
Nos vemos mañana en la tarde, me dijo; me dio un beso, yo ya empezaba a sentir nostalgia por esta vida, a odiar volver a ser el de antes. Entonces me quedé dormido durante mucho tiempo, desperté con la intención de marcharme antes de que regresara Yoni. Me bañé, me engominé el pelo, dejé la cartera en el tocador, abandoné con tristeza esa calidez de vida donde nunca sentiría culpa por construir mis relatos sobre vivencias pusilánimes.
Salí de casa, cerré la puerta; justo cuando daba vuelta en la esquina me topé con el verdadero Yoni. Yo había vivido un día de su vida, sin embargo ni siquiera reparó en mí. Atrapé su mirada en un instante. Inventé a un padre alcohólico que le pegaba con una varita de mezquite, a una madre promiscua por la que se batía a golpes más de una vez por semana. La huida del pueblo y los miles de trabajos, humillaciones y días sin comer por los que tuvo que pasar antes de estabilizarse en esta ciudad. El gusto por algunos estimulantes y los intentos de suicidio en aquellas edades cuando todo parece tan difícil. Luego la redención encontrada en la piel de la chica de pechos pequeños y olor a durazno. ¿De dónde regresaba? De encontrarse con todo su pasado de golpe, de enterrar a su padre alcohólico, de escuchar los reclamos de la madre promiscua. Le habría gustado vivir otra vida, admitir también que el pasado no era culpa suya.
Quizá conoció a la chica del pelo desordenado en el bar donde ella trabajaba. De seguro pidió un tequila solo. Ella se detuvo en su mirada, se llenó de esa sensación magnánima del niño que encuentra un perro en la calle y lo quiere llevar a casa.
Yo necesito que alguien me lleve a casa como perro enfermo y me cure pero mi mirada no inspira ternura. Necesito vivir, andar camino para poder construir mis relatos sobre otras vivencias. Por eso decido irme de esta ciudad, llevarme mi resignación ante las tragedias del mundo. Por ello ahora estoy esperando el autobús que nos llevará a mí y a mi nuevo look a buscar ese talento nunca utilizado. Quizá yo no habría podido escribir si mi padre me hubiera dado duro con una varita de mezquite.