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miércoles, 11 de octubre de 2017

Peras que no lleva el tren de Afuera hay un mundo


Un hombre lleva el nudo de la corbata deshecho, una niña quiere renunciar a sus clases de violín y un perro se ha perdido. El hombre lleva prisa, la niña no. El perro no sabe lo que es la tristeza, el hombre sí; la niña también. Un tren atraviesa la ciudad y un taxista se ha enamorado. El traje del hombre es gris, la corbata negra. La niña prefiere el karate y los juegos de computadora. El taxista se enamoró de una mujer afuera del cine. A la niña le gusta cuando llueve por las noches y su vecina sale a destender la ropa seca. Le gusta también el color rosa y el morado. No le gustan las clases de violín, una vez se comió dos latas de aceitunas rellenas de anchoas.
El hombre se deshizo el nudo porque no le depositaron dinero, la niña no tiene el valor para decirle a sus padres lo de las clases de violín, el perro está olfateando la mierda de otro perro, las aceitunas con anchoas tienen buen maridaje con el vino blanco. Algunos perros se entretienen persiguiendo su propia cola, éste no. El taxista no volverá a ver a la mujer. Recorrerá miles de kilómetros buscándola, volverá al cine una y otra vez, se olvidará después de ella, como siempre ocurre en este tipo de historias. Histerias.
El tren que atraviesa la ciudad podría llevar plátanos o teléfonos descompuestos o pollos con hormonas o comida para vacas locas u hornos de microondas radioactivos o vajillas importadas, pasajeros no. Nunca pasajeros.
El hombre volverá más tarde al banco, a la niña le romperán el corazón tres veces: Una a los dieciséis y otras dos a los veinticinco, después dejará de importarle. El taxista no pone música en su carro, la niña escucha pasar al tren, el hombre llega a casa, el perro sigue perdido, el taxista se detiene porque el tren está pasando. El ferrocarril hace los ruidos que hace este tipo de transportes. Probablemente lleve peras dulces. A la niña le gusta cuando su maestro de violín la deja salir temprano.
El perro anda, el hombre prende la televisión, la niña piensa en sus clases de química, en historia, en su maestra de inglés. El hombre prende la T.V., se siente solo. El aparato hace buena compañía. El taxista está por terminar su turno. El perro sigue andando, la niña piensa en los años que le faltan por vivir, en el novio de su prima que le parece bastante guapo. No sabe que le romperán el corazón y se le hincharán los ojos. No sabe tampoco lo que transporta el tren. Posiblemente transporte medicamentos para los afectados por algún virus extraño al sur del país.
El taxista está cansado, el perro orina en una jacaranda, la niña tiene sueño; el hombre se hace el nudo de la corbata, el tren está muy lejos. La vida transcurre más o menos así.
Al perro lo atropella el taxista, el mundo sigue igual.
La niña renuncia a sus clases de violín, el mundo sigue igual.
Al hombre le depositaron dinero, el mundo sigue igual.
El tren lleva desechos metálicos, el mundo sigue igual.
El amor podrá estar afuera del cine, los perros seguirán olfateando la mierda de otros perros, la gente se matará, los edificios se caerán, los niños seguirán masturbándose, los hombres seguirán deshaciendo los nudos de sus corbatas por cuestiones de dinero, los buenos libros siempre serán los buenos libros. Nadie le llorará por el perro atropellado, el taxista nunca pondrá música en su carro. Los trenes seguirán pasando, la niña se graduará con promedio de ocho punto siete, su vecina se cambiará de casa.
La lluvia moja, las niñas mienten, los hombres matan, algunas peras son dulces.
Las niñas, los hombres, las peras.
Las peras, los hombres, las niñas.
Las niñas.
Los hombres.
Las peras.
Shhh.

lunes, 12 de mayo de 2014

Del volumen de relatos Afuera hay un mundo, Los ojos de Yoni.

Uno existe a través de otras personas y a través del espejo. Me iba de esta ciudad por varios motivos, primero porque alguna vez me dijeron: Tus relatos tienen como base digamos vivencias pusilánimes. Y estuve de acuerdo. Me iba llevando mi limitado talento, mi resignación ante las tragedias del mundo, mi tendencia a la frustración anticipada y sobre todo la infantil manía de culpar al entorno de mis problemas internos. Irse y volver a empezar siempre funciona y para recomenzar siempre es bueno un cambio de look.
Empaqué mis cosas y me dirigí hacia la central de autobuses, pero antes hice una parada en la peluquería.
Saludos Yoni, me dijo el peluquero, ¿vienes a recoger tu cartera? Yo me extrañé un poco, luego asentí sin palabras.
Ahora sí te creció el pelo. ¿Mismo corte? Me preguntó, yo me senté en el sillón giratorio, me dejé cortar el cabello.
Ya no traía dinero, la abrí por curiosidad, no traía nada, si traía pues se lo robaron mientras estuvo en el sillón, espetó.
No traía nada, le dije mientras sonaban las tijeras.
Listo Yoni, ¿te engomino el pelo? Preguntó, yo me dejé peinar. Mi cara se veía diferente, me sentí bien con el cambio. Le pagué, me despedí como si estuviera acostumbrado a ello. Abrí la cartera para saber dónde vivía, caminé hasta mi hogar.
Llegué, toqué la puerta; no tenía idea de quién podría abrir, una chica muy guapa con su pelo desordenado y sus ojos abiertos con dificultad me recibió del otro lado de la puerta.
Te esperaba hasta mañana en la tarde. ¿Pasó algo? Preguntó mientras yo cerraba la puerta y me llenaba los pulmones de ese ambiente cálido de pareja nueva que empieza a llenarse de rutina.
No ha pasado nada, sólo llegué antes; le dije mientras volvía a meterse en la cama del lado izquierdo, el lado derecho parecía el mío. No me sentía cansado, sólo deseaba compartir la cama con aquella chica que al parecer era mi chica.
Hoy entro hasta las diez de la noche, me dijo, y como no estabas, había decidido pasar todo el día en la cama. Yo ya estaba entre las sábanas, ella también. Sin que me tocara sentí la temperatura de su cuerpo, me acerqué un poco más, metí la mano de Yoni por debajo de su blusa, sentí la cálida piel de su abdomen, luego sus pequeños pechos entre mis manos. Hicimos el amor hasta quedarnos sin ganas. Quisiera ser capaz de describir en este relato la temperatura alcanzada en la habitación, la transformación del ambiente, la musicalidad de nuestros movimientos, los instantes de placer encerrados en ese terminar y volver a empezar. Por desgracia aunque soy otro, mi talento sigue siendo limitado y contra eso nada se puede hacer.
Hicimos el amor hasta media hora antes de que ella se tuviera que bañar para ir a su trabajo nocturno. Se bañó, se arregló en menos de quince minutos, vino a darme un beso de despedida con ese aroma a duraznos de su loción de ducha que seguramente gustaba al verdadero Yoni.
Nos vemos mañana en la tarde, me dijo; me dio un beso, yo ya empezaba a sentir nostalgia por esta vida, a odiar volver a ser el de antes. Entonces me quedé dormido durante mucho tiempo, desperté con la intención de marcharme antes de que regresara Yoni. Me bañé, me engominé el pelo, dejé la cartera en el tocador, abandoné con tristeza esa calidez de vida donde nunca sentiría culpa por construir mis relatos sobre vivencias pusilánimes.
Salí de casa, cerré la puerta; justo cuando daba vuelta en la esquina me topé con el verdadero Yoni. Yo había vivido un día de su vida, sin embargo ni siquiera reparó en mí. Atrapé su mirada en un instante. Inventé a un padre alcohólico que le pegaba con una varita de mezquite, a una madre promiscua por la que se batía a golpes más de una vez por semana. La huida del pueblo y los miles de trabajos, humillaciones y días sin comer por los que tuvo que pasar antes de estabilizarse en esta ciudad. El gusto por algunos estimulantes y los intentos de suicidio en aquellas edades cuando todo parece tan difícil. Luego la redención encontrada en la piel de la chica de pechos pequeños y olor a durazno. ¿De dónde regresaba? De encontrarse con todo su pasado de golpe, de enterrar a su padre alcohólico, de escuchar los reclamos de la madre promiscua. Le habría gustado vivir otra vida, admitir también que el pasado no era culpa suya.
Quizá conoció a la chica del pelo desordenado en el bar donde ella trabajaba. De seguro pidió un tequila solo. Ella se detuvo en su mirada, se llenó de esa sensación magnánima del niño que encuentra un perro en la calle y lo quiere llevar a casa.
Yo necesito que alguien me lleve a casa como perro enfermo y me cure pero mi mirada no inspira ternura. Necesito vivir, andar camino para poder construir mis relatos sobre otras vivencias. Por eso decido irme de esta ciudad, llevarme mi resignación ante las tragedias del mundo. Por ello ahora estoy esperando el autobús que nos llevará a mí y a mi nuevo look a buscar ese talento nunca utilizado. Quizá yo no habría podido escribir si mi padre me hubiera dado duro con una varita de mezquite.