¿Cuáles son “todas las facultades del ser
humano”? a las que alude el artículo tercero de la Constitución Política de los
Estados Unidos Mexicanos. No es mi intención polemizar sobre lo obvio ni hacer
una crítica de la Constitución. Lo que pretendo es reflexionar sobre la
educación en México a partir del artículo tercero, uno de sus comentarios y
algunas posturas de Fernando Savater.
La primer palabra con la que se
relaciona la facultad según la RAE es “Aptitud”, “capacidad para operar
competentemente en una determinada actividad”.[1]
Partiré de que todos los seres humanos tienen facultades, aptitudes y
capacidades. Una facultad sirve para algo y el estado debe cuidar que las
aptitudes (facultades para algo) se desarrollen con armonía. Ese algo puede ser
cualquier actividad física o mental, cualquier trabajo. Ya Heráclito, un
pensador presocrático, ha reflexionado sobre la armonía definiéndola como
tensión entre opuestos. “Lo distendido vuelve a equilibrio; de equilibrio en
tensión se hace bellísimo coajuste, que todas las cosas se engendran de
discordia.”[2]
La armonía es un ajuste recíproco
entre oposiciones. ¿Qué se opone en los seres humanos: la cultura a la
naturaleza. Pero no buscamos que la cultura supere a la naturaleza sino que
armonicen, se coajusten, coexistan, sean simbiosis equilibradas. Hay otro tipo
de oposición, la de la cultura particular, en este caso la mexicana, a la
cultura universal. Las reflexiones sobre la cultura mexicana nos conducen
invariablemente al origen, al nacimiento. Una parte del nacimiento de nuestra
cultura está marcada por tendencias animistas y telúricas, otra parte dirige
nuestras miradas al bastardismo. La analogía encaja muy bien. Los pueblos
latinoamericanos buscamos el reconocimiento de la cultura que nos dio origen.
Pero ésta tiene sus propios problemas como para andarnos reconociendo. La
rebeldía de nuestro pueblo debe ser superada. Debemos decidir si vamos a seguir
simulando o dejaremos de hacerlo.
En
el inciso A de la segunda fracción se determina que la educación debe generar
“el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.” Lo cual se
logra mediante el reconocimiento y uso de las facultades para que los alumnos
se integren al sistema económico, se mejoren las relaciones entre ciudadanos y
se enriquezca la cultura. “La facultad es una potencia física o moral.”[3]
La aptitud es potencia hacia algo, hacia el mundo. Una facultad puede implicar
una actitud ética. ¿Cómo se enseñan actitudes éticas? He escuchado muchas veces
que el ejemplo arrastra. Esto se puede traducir de la siguiente manera: si un
padre no quiere que sus hijos beban, él no debe beber. Pero algunos hijos con
padres alcohólicos, por vivir en carne propia el dolor que provoca el
alcoholismo, deciden pronto alejarse de ello. Otros alcohólicos en cambio son
hijos de alcohólicos y generan hijos alcohólicos. La verdad es que en
cuestiones humanas hay muy pocas cosas seguras. La palabra convence, pero el
ejemplo arrastra. La frase anterior no
es una de de esas pocas seguras. ¿Cómo saber de nuestras actitudes como
docentes, cuáles y de qué manera están siendo asimiladas por nuestros alumnos?
En el mundo suele dominar una
visión y la que ahora domina es la del sistema de producción y consumo. La
educación reverencia este sistema. No es mi intención hacer crítica barata al
sistema ni promover ideas revolucionarias. Sólo busco reflexionar sobre la
educación soslayando la simulación. En el inciso B de la segunda fracción se
menciona como otra finalidad de la educación la comprensión de nuestros
problemas. Aquí es inevitable caer en el lugar común de las reflexiones
culturales: la cuestión de nuestra identidad. ¿Qué es nuestro pueblo? ¿Por qué
somos como somos? Ya se ha dicho muchas veces que estamos marcados por nuestro
nacimiento occidental. Nacimos bastardos. Nuestra historia está definida por
nuestros intentos de ser reconocidos por las culturas que nos originaron. No
somos europeos, no somos gringos, no somos aztecas ni mayas. ¿Qué somos? Somos
mescolanza, somos plantas nuevas de semillas viejas. Nuestros frutos empiezan a
adquirir forma. ¿Cuál forma? La que le damos con nuestros traumas superados o
asimilados.
Según
la R.A.E la facultad también significa “poder, derecho para hacer algo”.[4]
Este derecho surge al oponernos a nuestra naturaleza y al nacimiento traumático
de nuestra cultura. Tenemos derecho a dar el siguiente paso, a dejar de ser un
pueblo que quiere engañar a sus padres (culturas originales), a dejar de
simular. No sugiero ningún tipo de rompimiento sino la admisión de nuestros
reflejos. No propongo romper el espejo sino acoger la imagen que nos arroja.
¿Qué imagen nos arroja? ¿El catálogo de defectos que enlistaron los
intelectuales de antaño es superable o asimilable?
La
educación auxilia en dos facciones, por un lado ayuda a construir esa imagen
que nos es devuelta y por otro, ayuda a entender esa imagen que nos es
devuelta. Mediante la educación encaminamos todos nuestros esfuerzos a que la
armonización de esas facultades encajen en el sistema productivo mundial. Yo no
propondría de ninguna manera la negación del capitalismo, no me interesa
combatirlo después de enterarme de que la mayoría de los que lo mantienen, la
clase media-baja, está contenta con él. La clase baja aspira a consumir, los
más pobres aspiran a integrarse. Muchos no admitirían ningún otro sistema
político-económico, propongo hacer las cosas con lo que hay.
Me
atrevo a decir que el 100% de nuestros alumnos que ingresan a la educación
básica, anhelan integrarse al sistema de producción-consumo, consumidores ya
son desde su nacimiento. Incluso aquellos seducidos por el crimen organizado,
anhelan esta integración, aunque sea para ampliar su capacidad de consumo. Pero
como una parte del nacimiento de nuestra cultura está marcada por la trampa, se
quieren integrar al sistema haciendo trampa. Si no propongo nada me quedo en el
terreno de la crítica barata, de la catarsis fácil. Llevo algunos años pensando
en lo que yo puedo proponer para superar estos traumas natos. Propongo la
re-asimilación de todos nuestros defectos y no su superación-negación. Propongo
que se nos echen en cara nuestros defectos hasta el hartazgo para
re-entenderlos-re-generarnos-armonizarlos. ¿No es lo que han hecho los
intelectuales de antaño? ¿Qué hacemos una vez que conocemos todos nuestros
defectos? ¿Cómo los re-asimilamos?
La
educación es terreno fértil para propuestas y experimentos. Yo antes era de los
que creían que la ciencia deseaba violar a la naturaleza para al final terminar
destruyéndola. Ahora creo que la ciencia nos ayudará a solucionar los problemas
relacionados con la contaminación y el calentamiento global. Cuando el
capitalismo renuncie un poco a obtener las máximas ganancias y se invierta más
en la solución de problemas, las cosas podrán mejorar. Quizá suceda hasta que
los problemas sean más urgentes, estoy seguro de que la urgencia no nos
rebasará.
Emilio
Rabasa y Gloria Caballero empiezan sus comentarios al artículo tercero diciendo
que la educación es uno de los grandes problemas humanos. Y lo es desde luego
cuando nos preguntamos ¿Qué enseñar? ¿Para qué enseñar? Contestar estas
preguntas en ocasiones se vuelve una retahíla de buenas intenciones y lugares
comunes. Las buenas intenciones no bastan y los lugares comunes son más de lo
mismo. La educación transmite la cultura y ésta se hereda y se construye cada
día. Los lugares comunes son la base y las ideas novedosas son el edificio.
Esto no responde nada porque plantea nuevas interrogantes. ¿Qué construimos?
¿Para qué construimos? Construimos nuestra imagen para después poder asimilarla.
¿Tiene
algún sentido construir sobre nuestras heridas? ¿Las heridas culturales son
como las heridas del cuerpo? ¿Si no se cierran pueden infectarse y hacernos
morir? ¿Podemos vivir con nuestras heridas? ¿Es necesario que se cierren?
¿Realmente estamos heridos? Nuestra cultura tiene “tres etapas de
desenvolvimiento: la precortesiana, la colonial y la independiente.”[5]
Las primeras heridas (en caso de que sea cierto) de nuestro pueblo se generaron
en la segunda etapa y llegamos a la tercera con ellas. Los principales defectos
se generaron en la colonia y llegamos defectuosos a la independencia. Nuestra
tendencia a la trampa y a la simulación nacieron en la colonia y no la hemos
podido superar en nuestra etapa “independiente”.
Anhelamos
ser reconocidos por la vanguardia pero ésta cambia las reglas del juego de
manera constante. Lo que enseñamos en la escuela parece que sólo busca el
reconocimiento de la vanguardia. Lo que parece también es. Por un lado está la
parte de nuestro pueblo proclive a pensar que las heridas se curarán cuando
nuestra economía sea competente. El dinero no lo es todo en la vida, pero cómo
ayuda. Estoy de acuerdo en que la parte económica ayudará pero no creo que nos
cure del todo. Hay enfermedades que ni el mejor médico ni curandero puede
aliviar. ¿La nuestra será crónica degenerativa? No lo creo. Y aquí me acuerdo
del Periquillo Sarniento.
Educamos
con la esperanza de que nuestros alumnos se integren al sistema de producción-consumo,
deseamos que la enseñanza los ayude a mitigar sus heridas. ¿Somos honestos o
simulamos? Justo en el momento de estar escribiendo este ensayo me pregunto si
estoy siendo honesto o estoy simulando. Por un lado quiero hacer un trabajo
digno de ser leído por quien sea y por otro quiero terminarlo rápido para
ocuparme de otras actividades. ¿Cómo se salvan las digresiones personales para
tener cabida en un ensayo académico? ¿Cómo algunos connacionales y congéneres
han solucionado el problema de la identidad nacional? Responderé primero la
segunda pregunta. Algunos, aduciendo que el ser humano es el mismo en todas
partes del mundo, se proclaman ciudadanos del mundo. Ellos no tienen porque
intentar superar los traumas de nuestro pueblo porque ellos no comparten estos
traumas (eso creen). Ellos no se sienten herederos de una cultura bastarda sino
hijos de la cultura universal. ¿Qué nos dice que esa no es la mejor cura? ¿No
es lo que se pretende cuando se desea llevar la cultura universal a todos los
rincones de nuestro país y de nuestro planeta? ¿Digresión? Pero todo es
digresión. Pretender que algo no lo es, es mero dogmatismo.
Hay
algo en nosotros de las culturas precortesianas pero no somos esas culturas
precortesianas. El que Rabasa y Caballero reflexionen sobre la educación en
tiempos mayas o aztecas tiene la finalidad de encontrar algunas pistas sobre
nuestro ser. ¿O caerían en la ingenuidad de idealizar esas culturas y entrar en
ese laberinto sin salida que consiste en creer que esas culturas eran mejores
que nosotros? Aunque hay que admitir que conocer la historia le quita muchos
punto a nuestras ignorancias.
El
ensayo es un tipo de trabajo académico pero también es un género literario. Ahí
es donde se terminan los límites de la digresión. ¿Quién dicta las reglas de
los trabajos académicos? ¿Qué criterios utilizan? Sin duda los criterios de la estandarización.
¿Ésta es buena o es mala? La estandarización nos puede ayudar a resolver todos
los problemas de la humanidad. Pero la homogenización-estandarización total es ilusoria.
La homogenización total sólo puede ser llevada a cabo por un loco o por un
conductista ingenuo. Somos iguales pero no somos lo mismo.
Rabasa
y Caballero aducen un dinamismo de nuestra constitución haciendo énfasis en el
artículo tercero. ¿Cómo se medirá la verdadera influencia de la escuela en los
individuos? Si la educación institucional ha mejorado ¿Ha mejorado la sociedad?
Un supuesto de la educación es que la libertad de los individuos mejora la
sociedad. Fernando Savater dice en El
Valor de Educar que todo aquel que pretenda ser docente, debe admitir todos
los supuestos de la educación, que si no quiere aceptarlos que se retire. Que
la educación es liberadora es cierto en un sentido y en otro no. Disiento con
Savater en la aceptación de los supuestos. La educación como transmisora de la
cultura, nos libera de la ignorancia y la animalidad, pero nos encadena a una
visión de mundo: la hegemónica-homogenizadora, la del sistema de producción y
consumo. El discurso de la diversidad es el que pretende salvar-disfrazar las
pretensiones homogenizadoras.
No
creo inoportuno que se hable de las propiedades liberadoras de la escuela, pero
es necesario admitir los nuevos encadenamientos a partir de ello. La escuela
como campo de experimentos también es campo de batalla. No me gusta esta
analogía belicosa, pero admito el supuesto de que en la escuela podemos hacer
algo para mejorar la sociedad. Aunque sea decimales de puntos porcentuales.
“¿Que se habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia de
la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.? Inmediatamente salta el
diagnóstico que sitúa –desde luego no sin fundamento- en la escuela el campo de
batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya dificilísimo
erradicar.”[6]
A
veces lo que decimos sobre la educación, lo que leemos o escribimos, por un
lado, y la vida en la escuela, por otro, parecen dos mundos diferentes. Las
contradicciones en este campo son recurrentes. Es sencillo descubrir cuando un
maestro trata de enseñar algo y demuestra todo lo contrario. Lo digo porque si
nos promulgamos en contra de la violencia, tenemos que hacerlo de una forma que
tengamos resultados y que sepamos que sirve de algo. ¿La violencia es
innecesaria? ¿En realidad podemos vivir sin ella? Más que erradicarla tenemos
qué pensar en el equilibrio entre opuestos, la tensión benéfica que se puede
obtener equilibrando contrarios.
Yo
llevo dos años trabajando con alumnos de secundaria y en mi experiencia puedo
decir que la violencia es parte fundamental de sus vidas. Mi primer año fui
acusado de no tener autoridad porque traté de darles libertades. Me dijeron que
no estudiaban y no entraban a clase porque yo no les decía nada. Que no me
hacían caso porque yo no demostraba autoridad. Con un poco de ingenuidad le
pregunté a una madre de familia qué podría hacer para lograr que su hija
pusiera un poco de atención en mis clases. Ella no me hace caso hasta que me ve
realmente enojada, me dijo. Hasta que le grito o la regaño fuerte. ¿No hay aquí
cierta necesidad de violencia?
Así
vamos aceptando supuestos y nos vamos volviendo dogmáticos y al final no
sabemos si lo que hacemos sirve en realidad para lo que decimos. Yo no acepto
los supuestos que dice Savater, pero no me quiero retirar, por ahora. Una de
las violencias que combatimos es la del bullying,
algunos dicen que el hablar de esta práctica es una más de las imposiciones de las
culturas dominantes, que siempre ha existido y que nos lo venden con esta nueva
etiqueta. Con el nombre que sea es un fenómeno que a mí sí me preocupa. Pero
cómo podemos equilibrar esta necesidad de violencia si los medios ajenos a la
escuela nos rebasan. Televisión, cine, videojuegos. ¿Cómo saber si nuestras
estrategias están dando los resultados que esperamos?
La
R.A.E denota tres palabras para educar: “dirigir, encaminar, doctrinar.”[7]
Cuando educamos dirigimos hacia una visión de mundo. Al acudir a la Real
Academia de la Lengua Española para edificar este escrito, teniendo como base
lugares comunes, me pregunto si esa facultad que nos da derecho a
hablar-escribir no será un pedir permiso a sus majestades. Hay muchos caminos
¿cuál nos invita a tomar la educación? Me atrevo a decir que es el de la
universalización de las diferencias. El reconocer las particularidades admitiendo
la igualdad universal del hombre. El hombre es igual pero diferente. Enseñar la
igualdad en la diferencia es educar. Suena contradictorio pero ahí radica el
equilibrio entre oposiciones. Para algunos esta contradicción que propongo es
imposible. Para Freud la educación no es posible. “¿No fue el propio Freud
quien aseguró en cierta ocasión que hay tres tareas imposibles: educar,
gobernar y psicoanalizar?”[8]
No lo es. Y aquí es donde me atrevo a hacer una apología de la violencia en la
televisión, el cine y los videojuegos siguiendo con la línea del equilibrio
entre oposiciones. Así como cuando las personas ven películas tristes y les
sirven como catarsis, como una especie de schadenfreude,
¿no funcionará de igual manera la violencia ficticia? Así como ver películas
tristes genera un cierto alivio de que eso no nos esté pasando a nosotros, o la
distensión al recordar que no es real ¿no se podrá aplicar esta fórmula a la
violencia irreal? Algunos creen que la violencia ficticia engendra violencia
real, ¿no podrá ser que la equilibra? Siempre es mejor golpear a un zombi en un
videojuego que a un compañero del salón de clases o a un hermano menor.
Según
Savater la tarea de la educación es humanizar la animalidad. Sin animalidad no
hay humanidad, así que ¿nos encontramos en un callejón sin salida? Cultura se
opone a naturaleza. La primera necesita de la segunda y viceversa. Reflexionar
sobre estas cuestiones se vuelve más difícil al intentar hacer propuestas
armónicas de educación. Adentrarse es descubrir perplejidades complicadas,
aporías. “Hacernos intelectualmente dignos de nuestras perplejidades es la
única vía para empezar a superarlas.”[9]
¿Cómo se logra la dignidad intelectual? Estudiando, leyendo, discerniendo,
reflexionando, admitiendo errores, haciendo propuestas.
Con
todo lo dicho concluyo: 1) Aún falta mucho por decir sobre el equilibrio entre opuestos
necesarios para el desarrollo armónico de las facultades. 2) El que la historia
de la educación mexicana sea una progresión de logros obtenidos, no quiere decir
que no falte mucho por hacer. 3) En las digresiones también hay conocimiento. 4)
Quizá no sea necesario superar nuestros defectos sino re-asimilarlos. 5) Para ser
maestro no es necesario aceptar todos los supuestos de la educación.
- GARCÍA – BACCA, J. D., Los presocráticos, Fondo de Cultura Económica, México, 2009.
- RABASA Emilio y CABALLERO Gloria, Comentarios al artículo tercero de la
Constitución.
- SAVATER Fernando, El Valor de Educar, Ariel, España, 1997.
[1] R.A.E.
[2] GARCÍA
– BACCA, J. D., Los presocráticos, Fondo de Cultura Económica, México, 2009. P. 98
[3] R.A.E.
[5] RABASA
Emilio y CABALLERO Gloria, Comentarios al
artículo tercero de la Constitución. P.1
[6] SAVATER
Fernando, El Valor de Educar, Ariel, España, 1997. P.5
[8] SAVATER
Fernando, El Valor de Educar, Ariel, España, 1997. P.6
[9] Ibíd. P.8
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