viernes 30 de diciembre de 2011

Sobre la Educación en México.


¿Cuáles son “todas las facultades del ser humano”? a las que alude el artículo tercero de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No es mi intención polemizar sobre lo obvio ni hacer una crítica de la Constitución. Lo que pretendo es reflexionar sobre la educación en México a partir del artículo tercero, uno de sus comentarios y algunas posturas de Fernando Savater.
La primer palabra con la que se relaciona la facultad según la RAE es “Aptitud”, “capacidad para operar competentemente en una determinada actividad”.[1] Partiré de que todos los seres humanos tienen facultades, aptitudes y capacidades. Una facultad sirve para algo y el estado debe cuidar que las aptitudes (facultades para algo) se desarrollen con armonía. Ese algo puede ser cualquier actividad física o mental, cualquier trabajo. Ya Heráclito, un pensador presocrático, ha reflexionado sobre la armonía definiéndola como tensión entre opuestos. “Lo distendido vuelve a equilibrio; de equilibrio en tensión se hace bellísimo coajuste, que todas las cosas se engendran de discordia.”[2]
La armonía es un ajuste recíproco entre oposiciones. ¿Qué se opone en los seres humanos: la cultura a la naturaleza. Pero no buscamos que la cultura supere a la naturaleza sino que armonicen, se coajusten, coexistan, sean simbiosis equilibradas. Hay otro tipo de oposición, la de la cultura particular, en este caso la mexicana, a la cultura universal. Las reflexiones sobre la cultura mexicana nos conducen invariablemente al origen, al nacimiento. Una parte del nacimiento de nuestra cultura está marcada por tendencias animistas y telúricas, otra parte dirige nuestras miradas al bastardismo. La analogía encaja muy bien. Los pueblos latinoamericanos buscamos el reconocimiento de la cultura que nos dio origen. Pero ésta tiene sus propios problemas como para andarnos reconociendo. La rebeldía de nuestro pueblo debe ser superada. Debemos decidir si vamos a seguir simulando o dejaremos de hacerlo.
                En el inciso A de la segunda fracción se determina que la educación debe generar “el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.” Lo cual se logra mediante el reconocimiento y uso de las facultades para que los alumnos se integren al sistema económico, se mejoren las relaciones entre ciudadanos y se enriquezca la cultura. “La facultad es una potencia física o moral.”[3] La aptitud es potencia hacia algo, hacia el mundo. Una facultad puede implicar una actitud ética. ¿Cómo se enseñan actitudes éticas? He escuchado muchas veces que el ejemplo arrastra. Esto se puede traducir de la siguiente manera: si un padre no quiere que sus hijos beban, él no debe beber. Pero algunos hijos con padres alcohólicos, por vivir en carne propia el dolor que provoca el alcoholismo, deciden pronto alejarse de ello. Otros alcohólicos en cambio son hijos de alcohólicos y generan hijos alcohólicos. La verdad es que en cuestiones humanas hay muy pocas cosas seguras. La palabra convence, pero el ejemplo arrastra. La frase anterior  no es una de de esas pocas seguras. ¿Cómo saber de nuestras actitudes como docentes, cuáles y de qué manera están siendo asimiladas por nuestros alumnos?
En el mundo suele dominar una visión y la que ahora domina es la del sistema de producción y consumo. La educación reverencia este sistema. No es mi intención hacer crítica barata al sistema ni promover ideas revolucionarias. Sólo busco reflexionar sobre la educación soslayando la simulación. En el inciso B de la segunda fracción se menciona como otra finalidad de la educación la comprensión de nuestros problemas. Aquí es inevitable caer en el lugar común de las reflexiones culturales: la cuestión de nuestra identidad. ¿Qué es nuestro pueblo? ¿Por qué somos como somos? Ya se ha dicho muchas veces que estamos marcados por nuestro nacimiento occidental. Nacimos bastardos. Nuestra historia está definida por nuestros intentos de ser reconocidos por las culturas que nos originaron. No somos europeos, no somos gringos, no somos aztecas ni mayas. ¿Qué somos? Somos mescolanza, somos plantas nuevas de semillas viejas. Nuestros frutos empiezan a adquirir forma. ¿Cuál forma? La que le damos con nuestros traumas superados o asimilados.
                Según la R.A.E la facultad también significa “poder, derecho para hacer algo”.[4] Este derecho surge al oponernos a nuestra naturaleza y al nacimiento traumático de nuestra cultura. Tenemos derecho a dar el siguiente paso, a dejar de ser un pueblo que quiere engañar a sus padres (culturas originales), a dejar de simular. No sugiero ningún tipo de rompimiento sino la admisión de nuestros reflejos. No propongo romper el espejo sino acoger la imagen que nos arroja. ¿Qué imagen nos arroja? ¿El catálogo de defectos que enlistaron los intelectuales de antaño es superable o asimilable?
                La educación auxilia en dos facciones, por un lado ayuda a construir esa imagen que nos es devuelta y por otro, ayuda a entender esa imagen que nos es devuelta. Mediante la educación encaminamos todos nuestros esfuerzos a que la armonización de esas facultades encajen en el sistema productivo mundial. Yo no propondría de ninguna manera la negación del capitalismo, no me interesa combatirlo después de enterarme de que la mayoría de los que lo mantienen, la clase media-baja, está contenta con él. La clase baja aspira a consumir, los más pobres aspiran a integrarse. Muchos no admitirían ningún otro sistema político-económico, propongo hacer las cosas con lo que hay.
                Me atrevo a decir que el 100% de nuestros alumnos que ingresan a la educación básica, anhelan integrarse al sistema de producción-consumo, consumidores ya son desde su nacimiento. Incluso aquellos seducidos por el crimen organizado, anhelan esta integración, aunque sea para ampliar su capacidad de consumo. Pero como una parte del nacimiento de nuestra cultura está marcada por la trampa, se quieren integrar al sistema haciendo trampa. Si no propongo nada me quedo en el terreno de la crítica barata, de la catarsis fácil. Llevo algunos años pensando en lo que yo puedo proponer para superar estos traumas natos. Propongo la re-asimilación de todos nuestros defectos y no su superación-negación. Propongo que se nos echen en cara nuestros defectos hasta el hartazgo para re-entenderlos-re-generarnos-armonizarlos. ¿No es lo que han hecho los intelectuales de antaño? ¿Qué hacemos una vez que conocemos todos nuestros defectos? ¿Cómo los re-asimilamos?
                La educación es terreno fértil para propuestas y experimentos. Yo antes era de los que creían que la ciencia deseaba violar a la naturaleza para al final terminar destruyéndola. Ahora creo que la ciencia nos ayudará a solucionar los problemas relacionados con la contaminación y el calentamiento global. Cuando el capitalismo renuncie un poco a obtener las máximas ganancias y se invierta más en la solución de problemas, las cosas podrán mejorar. Quizá suceda hasta que los problemas sean más urgentes, estoy seguro de que la urgencia no nos rebasará.
                Emilio Rabasa y Gloria Caballero empiezan sus comentarios al artículo tercero diciendo que la educación es uno de los grandes problemas humanos. Y lo es desde luego cuando nos preguntamos ¿Qué enseñar? ¿Para qué enseñar? Contestar estas preguntas en ocasiones se vuelve una retahíla de buenas intenciones y lugares comunes. Las buenas intenciones no bastan y los lugares comunes son más de lo mismo. La educación transmite la cultura y ésta se hereda y se construye cada día. Los lugares comunes son la base y las ideas novedosas son el edificio. Esto no responde nada porque plantea nuevas interrogantes. ¿Qué construimos? ¿Para qué construimos? Construimos nuestra imagen para después poder asimilarla.
                ¿Tiene algún sentido construir sobre nuestras heridas? ¿Las heridas culturales son como las heridas del cuerpo? ¿Si no se cierran pueden infectarse y hacernos morir? ¿Podemos vivir con nuestras heridas? ¿Es necesario que se cierren? ¿Realmente estamos heridos? Nuestra cultura tiene “tres etapas de desenvolvimiento: la precortesiana, la colonial y la independiente.”[5] Las primeras heridas (en caso de que sea cierto) de nuestro pueblo se generaron en la segunda etapa y llegamos a la tercera con ellas. Los principales defectos se generaron en la colonia y llegamos defectuosos a la independencia. Nuestra tendencia a la trampa y a la simulación nacieron en la colonia y no la hemos podido superar en nuestra etapa “independiente”.
                Anhelamos ser reconocidos por la vanguardia pero ésta cambia las reglas del juego de manera constante. Lo que enseñamos en la escuela parece que sólo busca el reconocimiento de la vanguardia. Lo que parece también es. Por un lado está la parte de nuestro pueblo proclive a pensar que las heridas se curarán cuando nuestra economía sea competente. El dinero no lo es todo en la vida, pero cómo ayuda. Estoy de acuerdo en que la parte económica ayudará pero no creo que nos cure del todo. Hay enfermedades que ni el mejor médico ni curandero puede aliviar. ¿La nuestra será crónica degenerativa? No lo creo. Y aquí me acuerdo del Periquillo Sarniento.
                Educamos con la esperanza de que nuestros alumnos se integren al sistema de producción-consumo, deseamos que la enseñanza los ayude a mitigar sus heridas. ¿Somos honestos o simulamos? Justo en el momento de estar escribiendo este ensayo me pregunto si estoy siendo honesto o estoy simulando. Por un lado quiero hacer un trabajo digno de ser leído por quien sea y por otro quiero terminarlo rápido para ocuparme de otras actividades. ¿Cómo se salvan las digresiones personales para tener cabida en un ensayo académico? ¿Cómo algunos connacionales y congéneres han solucionado el problema de la identidad nacional? Responderé primero la segunda pregunta. Algunos, aduciendo que el ser humano es el mismo en todas partes del mundo, se proclaman ciudadanos del mundo. Ellos no tienen porque intentar superar los traumas de nuestro pueblo porque ellos no comparten estos traumas (eso creen). Ellos no se sienten herederos de una cultura bastarda sino hijos de la cultura universal. ¿Qué nos dice que esa no es la mejor cura? ¿No es lo que se pretende cuando se desea llevar la cultura universal a todos los rincones de nuestro país y de nuestro planeta? ¿Digresión? Pero todo es digresión. Pretender que algo no lo es, es mero dogmatismo.
                Hay algo en nosotros de las culturas precortesianas pero no somos esas culturas precortesianas. El que Rabasa y Caballero reflexionen sobre la educación en tiempos mayas o aztecas tiene la finalidad de encontrar algunas pistas sobre nuestro ser. ¿O caerían en la ingenuidad de idealizar esas culturas y entrar en ese laberinto sin salida que consiste en creer que esas culturas eran mejores que nosotros? Aunque hay que admitir que conocer la historia le quita muchos punto a nuestras ignorancias.
                El ensayo es un tipo de trabajo académico pero también es un género literario. Ahí es donde se terminan los límites de la digresión. ¿Quién dicta las reglas de los trabajos académicos? ¿Qué criterios utilizan? Sin duda los criterios de la estandarización. ¿Ésta es buena o es mala? La estandarización nos puede ayudar a resolver todos los problemas de la humanidad. Pero la homogenización-estandarización total es ilusoria. La homogenización total sólo puede ser llevada a cabo por un loco o por un conductista ingenuo. Somos iguales pero no somos lo mismo.
                Rabasa y Caballero aducen un dinamismo de nuestra constitución haciendo énfasis en el artículo tercero. ¿Cómo se medirá la verdadera influencia de la escuela en los individuos? Si la educación institucional ha mejorado ¿Ha mejorado la sociedad? Un supuesto de la educación es que la libertad de los individuos mejora la sociedad. Fernando Savater dice en El Valor de Educar que todo aquel que pretenda ser docente, debe admitir todos los supuestos de la educación, que si no quiere aceptarlos que se retire. Que la educación es liberadora es cierto en un sentido y en otro no. Disiento con Savater en la aceptación de los supuestos. La educación como transmisora de la cultura, nos libera de la ignorancia y la animalidad, pero nos encadena a una visión de mundo: la hegemónica-homogenizadora, la del sistema de producción y consumo. El discurso de la diversidad es el que pretende salvar-disfrazar las pretensiones homogenizadoras.
                No creo inoportuno que se hable de las propiedades liberadoras de la escuela, pero es necesario admitir los nuevos encadenamientos a partir de ello. La escuela como campo de experimentos también es campo de batalla. No me gusta esta analogía belicosa, pero admito el supuesto de que en la escuela podemos hacer algo para mejorar la sociedad. Aunque sea decimales de puntos porcentuales. “¿Que se habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.? Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa –desde luego no sin fundamento- en la escuela el campo de batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya dificilísimo erradicar.”[6]
                A veces lo que decimos sobre la educación, lo que leemos o escribimos, por un lado, y la vida en la escuela, por otro, parecen dos mundos diferentes. Las contradicciones en este campo son recurrentes. Es sencillo descubrir cuando un maestro trata de enseñar algo y demuestra todo lo contrario. Lo digo porque si nos promulgamos en contra de la violencia, tenemos que hacerlo de una forma que tengamos resultados y que sepamos que sirve de algo. ¿La violencia es innecesaria? ¿En realidad podemos vivir sin ella? Más que erradicarla tenemos qué pensar en el equilibrio entre opuestos, la tensión benéfica que se puede obtener equilibrando contrarios.
                Yo llevo dos años trabajando con alumnos de secundaria y en mi experiencia puedo decir que la violencia es parte fundamental de sus vidas. Mi primer año fui acusado de no tener autoridad porque traté de darles libertades. Me dijeron que no estudiaban y no entraban a clase porque yo no les decía nada. Que no me hacían caso porque yo no demostraba autoridad. Con un poco de ingenuidad le pregunté a una madre de familia qué podría hacer para lograr que su hija pusiera un poco de atención en mis clases. Ella no me hace caso hasta que me ve realmente enojada, me dijo. Hasta que le grito o la regaño fuerte. ¿No hay aquí cierta necesidad de violencia?
                Así vamos aceptando supuestos y nos vamos volviendo dogmáticos y al final no sabemos si lo que hacemos sirve en realidad para lo que decimos. Yo no acepto los supuestos que dice Savater, pero no me quiero retirar, por ahora. Una de las violencias que combatimos es la del bullying, algunos dicen que el hablar de esta práctica es una más de las imposiciones de las culturas dominantes, que siempre ha existido y que nos lo venden con esta nueva etiqueta. Con el nombre que sea es un fenómeno que a mí sí me preocupa. Pero cómo podemos equilibrar esta necesidad de violencia si los medios ajenos a la escuela nos rebasan. Televisión, cine, videojuegos. ¿Cómo saber si nuestras estrategias están dando los resultados que esperamos?
                La R.A.E denota tres palabras para educar: “dirigir, encaminar, doctrinar.”[7] Cuando educamos dirigimos hacia una visión de mundo. Al acudir a la Real Academia de la Lengua Española para edificar este escrito, teniendo como base lugares comunes, me pregunto si esa facultad que nos da derecho a hablar-escribir no será un pedir permiso a sus majestades. Hay muchos caminos ¿cuál nos invita a tomar la educación? Me atrevo a decir que es el de la universalización de las diferencias. El reconocer las particularidades admitiendo la igualdad universal del hombre. El hombre es igual pero diferente. Enseñar la igualdad en la diferencia es educar. Suena contradictorio pero ahí radica el equilibrio entre oposiciones. Para algunos esta contradicción que propongo es imposible. Para Freud la educación no es posible. “¿No fue el propio Freud quien aseguró en cierta ocasión que hay tres tareas imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar?”[8] No lo es. Y aquí es donde me atrevo a hacer una apología de la violencia en la televisión, el cine y los videojuegos siguiendo con la línea del equilibrio entre oposiciones. Así como cuando las personas ven películas tristes y les sirven como catarsis, como una especie de schadenfreude, ¿no funcionará de igual manera la violencia ficticia? Así como ver películas tristes genera un cierto alivio de que eso no nos esté pasando a nosotros, o la distensión al recordar que no es real ¿no se podrá aplicar esta fórmula a la violencia irreal? Algunos creen que la violencia ficticia engendra violencia real, ¿no podrá ser que la equilibra? Siempre es mejor golpear a un zombi en un videojuego que a un compañero del salón de clases o a un hermano menor.
                Según Savater la tarea de la educación es humanizar la animalidad. Sin animalidad no hay humanidad, así que ¿nos encontramos en un callejón sin salida? Cultura se opone a naturaleza. La primera necesita de la segunda y viceversa. Reflexionar sobre estas cuestiones se vuelve más difícil al intentar hacer propuestas armónicas de educación. Adentrarse es descubrir perplejidades complicadas, aporías. “Hacernos intelectualmente dignos de nuestras perplejidades es la única vía para empezar a superarlas.”[9] ¿Cómo se logra la dignidad intelectual? Estudiando, leyendo, discerniendo, reflexionando, admitiendo errores, haciendo propuestas.
                Con todo lo dicho concluyo: 1) Aún falta mucho por decir sobre el equilibrio entre opuestos necesarios para el desarrollo armónico de las facultades. 2) El que la historia de la educación mexicana sea una progresión de logros obtenidos, no quiere decir que no falte mucho por hacer. 3) En las digresiones también hay conocimiento. 4) Quizá no sea necesario superar nuestros defectos sino re-asimilarlos. 5) Para ser maestro no es necesario aceptar todos los supuestos de la educación.
               


- GARCÍA – BACCA, J. D., Los presocráticos, Fondo de Cultura Económica, México, 2009.
- RABASA Emilio y CABALLERO Gloria, Comentarios al artículo tercero de la Constitución.
- SAVATER Fernando, El Valor de Educar, Ariel, España, 1997.


[1] R.A.E.
[2] GARCÍA – BACCA, J. D., Los presocráticos, Fondo de Cultura Económica, México, 2009. P. 98
[3] R.A.E.
[5] RABASA Emilio y CABALLERO Gloria, Comentarios al artículo tercero de la Constitución. P.1
[6] SAVATER Fernando, El Valor de Educar, Ariel, España, 1997. P.5
[8] SAVATER Fernando, El Valor de Educar, Ariel, España, 1997. P.6
[9] Ibíd. P.8

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